Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¡Qué idea tan singular la tuya, querer que alguien escriba la continuación de Candide! ¿Es posible? ¿Quién lo hará? ¿Quién podrÃa hacerlo? Hay obras tan espantosamente grandes —ésa entre ellas— que aplastarÃan a quien quisiera cargar con ellas. Como una armadura de gigante, el enano que se la pusiera a la espalda quedarÃa reventado antes de haber dado un paso.
No admiras bastante, no respetas bastante. Sà tienes amor por el Arte, pero no su religión. Si experimentaras un deleite profundo y puro al contemplar las obras maestras, no tendrÃas a veces tan extrañas reticencias a su respecto. Y no obstante, tal como eres, uno no puede evitar el sentir por ti una ternura y una propensión involuntarias.
Adiós, tuyo.
Sábado, once de la noche [30 de enero de 1847].
¡Te estás volviendo grosera! Son casi insultos. Me tratas de palurdo y de avaro, con todas las letras. ¡Muy amable! Lo cargo a la cuenta de tu temperamento meridional, y paso por encima sin ofenderme. Te aseguro, querida amiga, que me ha dado más ganas de reÃr que de enfadarme. Sin embargo, es de tono algo subido; y además, para colmo, ¡otra vez las eternas putas! «Vosotros, los hombres…», etc.