Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Lo más seguro, dices, cuando se teme al fuego, es mantenerse lejos de él. Eso, al menos, es exacto; pero yo acostumbro a calentarme tanto, que me quemo las piernas, y sin embargo grito como un asno a la menor quemadura. Tengo en la piel del corazón y de las piernas manchas indelebles. Pero los cirujanos dicen que es muy difÃcil distinguir las cicatrices del fuego de las del frÃo. Los dos elementos, hielo y llama, no están quizá tan alejados entre sà como se piensa; ¿tantos grados hay de uno a otro? ¡Todo se toca! En julio nos bañamos en el rÃo que helará mi champaña en enero, y los carámbanos que se dejan, fundidos por la primavera, darán un agua demasiado caliente para junio.
El corazón del hombre es aún más variable que las estaciones, alternativamente más frÃo que el invierno y más ardiente que el verano. Si sus flores no renacen, sus nieves vuelven a menudo en borrascas lamentables; cae y cae; lo cubre todo de blancura y tristeza, y cuando llega el deshielo, ¡aún resulta todo más sucio!
¡Dios mÃo, qué idiota soy! Me encuentro desmesuradamente estúpido, y me entristece porque soy consciente de ello. No sólo he llegado a no poder ya hablar, sino que llegaré a no poder escribir más. Es extraño cómo se taponan todas mis zanjas, cómo se cierran todas mis heridas y forman un dique frente a las olas interiores. El pus cae hacia dentro. Todo lo que pido es que nadie perciba su olor.