Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¿Por qué no amarnos como debe uno amarse cuando tiene inteligencia? ¿Por qué no disfrutar simplemente del placer de estar juntos, buscarlo, escribírnoslo de vez en cuando, vernos con el rostro risueño y el corazón abierto, y que todo quede ahí? No merece la pena el no ser perfectos imbéciles, si es para vivir como locos. Cuando se quiere que un río corra más aprisa, se estrecha, se hace más profundo, pero sus aguas son turbias. Cuando se suena uno demasiado fuerte, se sangra. Cuando se zambulle uno demasiado hondo, se rompe la cabeza. Cuando se ama irracionalmente, se sufre desmesuradamente.
No soy ni un niño ni un tonto. No tengo esa adoración de mí mismo que me reprochas en tu última nota, con un tono de abuela que le va mal a tu boca sonrosada, a tus dientes blancos y a tus hombros relucientes, y la prueba de que no soy un fanático de los tonos crudos y de las ideas absolutas es que, tanto como me gustan en arte los amores desordenados y las pasiones que gritan, tanto me gustan en la práctica las amistades voluptuosas y los galanteos sentimentales. Es posible que esto te parezca rococó o innoble. Con ardor, es posible que no resulte aburrido, y con corazón, que no sea sucio.
Adiós, un beso muy grande donde quieras, y si me guardas rencor por algo, yo te perdono todas las cartas que me escribes. Son de las que por fuerza ocultaría hasta el hombre más indiscreto, pues no me honran.
Adiós de nuevo, tuyo.