Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Si no crees en nada de lo que sale de mi corazón, al menos creerás en la probidad más vulgar. Pues bien, este honor te declara que jamás he tenido la intención de hacerte sufrir, como me acusas de ello tan amargamente. Pero ¿por qué, en lugar de arremeter contra mí, no ves en tu sufrimiento uno de esos elementos inevitables de la vida? Que el amor traiga consigo la desgracia es tan lógico y tan eterno en cualquier parte como el relámpago que anuncia la lluvia, como el retumbar del trueno, que anuncia el rayo. Al amor le pusieron una venda, pues resultaba embarazoso representar sus ojos. Habría sido algo demasiado feo. Llevan tanto tiempo llorando, que han de estar rojos. ¡Y si al menos desde el principio hubiera dicho yo las eternas palabras mentirosas que tanto encantan, «¡siempre!, para toda la vida», etc., frases que uno sabe que son falsas cuando se las oye decir a uno mismo, pero con las que aparentemente nos gusta embriagarnos, como si se tratase de aguardiente! Es inútil tener el corazón enfermo aún por la indigestión de ayer noche; uno trata de persuadirse de que esta vez será mejor, que esta locura cantará siempre, que este adormecimiento no sufrirá los calambres del despertar ni los tirones del cansancio. ¡Si yo me hubiera mostrado como el hombre de corazón rico, donde puede irse a beber, sin miedo de agotarla, a la fuente de las alegrías serias y de las felicidades profundas, si hubiera tratado de mostrarte las perspectivas azules que se abren ante las pasiones nacientes! Pero sabes muy bien que no, sabes bien que no. Bastante me lo reprochaste. Pues bien, me equivoqué. Es que vi demasiado lejos, que me creía más débil y más inconstante de lo que soy. Es que te quiero aún, cosa que puede parecerte singular, y que sin embargo no lo es. Pues ¿qué hay de singular en ello? ¿Dónde está lo raro? ¿Dónde no está? Si no te he preguntado detalles de las escenas con el legítimo, ¿no me habías escrito que no querías transmitírmelos por carta, que me lo dirías de viva voz? No te he prometido ir el 28 de julio, precisamente porque tenía ganas de ir. Pero ¿si no puedo, si se presenta algo de aquí a entonces? ¿Habría sido un perjurio más, verdad? Tú nunca has querido enseñarme de ti misma sino los lados hermosos, siempre me hablas de tu abnegación, de la grandeza que hay en tu vida, de los deberes que cumples, etc. ¡Está bien! Pero creo haber tenido más confianza en ti. ¿No te he desplegado acaso, uno por uno, todos los dobleces de la tela, sin ocultarte agujeros ni zurcidos? Te he iniciado en mi pasado, en mis amores de juventud, en mi familia y, cosa más extraordinaria para mí, en mis obras. Podrías escribir toda mi historia. ¿Sé acaso un solo capítulo de la tuya? No lo pido, pero es para hacerte ver que no soy tan duro, tan cerrado ni tan áspero, y aunque, para terminar, me pidas una buena brutalidad, nunca la tendrás.


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