Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Si en vez de acusarme tanto, de insultarme, e incluso de ultrajarme, te tomaras un poco de tiempo para aguardar y reflexionar, si frenases un poco tu indomable y fogoso carácter y si tus ojos, alternativamente llenos de lágrimas o de ira, quisieran abrirse a la evidencia, verÃas que no soy un monstruo, ni un ser indiferente, pues a estas horas llevo ya quince dÃas largos arreglando y preparando un viaje a ParÃs. Pero ¿para qué decÃrtelo siquiera? Cuando me marche seguirás sin querer oÃr nada.
Me recibirás llorando, y me despedirás de nuevo con una maldición en tu corazón. También tú eres demasiado injusta, eres devoradora y exclusiva. Por mucho que uno haga o diga, nada, nada. No podrás negarme que en el fondo del alma odias cordialmente a ese querido hermano, Du Camp. Es la regla: no hay mujer ni amante que quiera al amigo de su amante. Lo temen, o tienen celos de él. He conocido a algunas que estaban celosas de un perro, otras de una pipa. Todo el tiempo que se dedicaba a otras cosas parecÃa habérseles robado. He visto a algunas (¡e inteligentes, por desgracia!) irritarse ante el entusiasmo que mostraba uno por un libro o un cuadro… En fin, pasemos, y volviendo a Maxime, si uno de nosotros debe guardarle rencor en todo este asunto, soy yo. En lo que a ti respecta, te ha servido, en relación a mÃ, con una abnegación rara en un hombre sin interés en la cuestión.