Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet En cuanto a lo que ocurrió entre nosotros el viernes, confieso que al principio me sentí desmesuradamente escandalizado al ver tu congoja, cuyo motivo no podía evitar comparar con la otra congoja que me había inundado durante todo el día. ¡Y el motivo es que me había pasado un día sin verte, que había llegado el miércoles, etc.! Cuando empecé a perder la cabeza, pues me contenía para no estallar, y te dije «hasta mañana», era para acabar, para poner término a esto. Me asfixiaba, estaba harto. La carta escrita en tercera persona que recibí el sábado por la noche acabó de decidirme a partir. Cuando hube releído tus sospechas referentes a la mujer de Fidias, me dije: «¡Es el colmo! Ya sólo faltaba eso; ¿qué hacer y qué decir ante semejantes cosas?». Si el propio Fidias te habló del asunto, estoy seguro de que no puede ser más que una broma que ha querido gastarte, o una idea súbita que se le ha pasado por la cabeza. Si esta mujer me hubiera dicho algo a los sentidos, o al corazón, o a la mente (hablo tu lenguaje, pues para mí todo eso está muy ligado), total, si la hubiera querido, habría tratado de conseguirla, lo confieso. Como nunca se me ha ocurrido, ni siquiera en la época en que la veía varias veces por semana, ahora como entonces no existe entre nosotros más que una relación de amistad bastante vaga y una familiaridad bastante divertida. Es una criatura a la que me gusta ver, más aún de lejos que de cerca, pues de cerca todo pierde y se encoge. Me he guardado muy bien de querer ser con respecto a ella otra cosa que un analista. Pues si «me hubiera estrechado entre sus brazos», ya no la habría juzgado. Esto va dirigido a la Artista; esa mujer me parece el tipo de la mujer con todos sus instintos, una orquesta de sentimientos hembras. Y para oír la orquesta, no se coloca uno en ella, sino por encima, al fondo de la sala. Ésa es la verdad pura. Créelo, harás bien. No lo creas, tanto peor.