Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Si, conservando tu cuerpo, que es hermoso, y tu ingenio que es encantador, hubieras sido una mujer como las demás, capaz de amar en la medida necesaria para sazonar la vida y no para quemarla, no habrÃas sufrido tanto, ni yo tampoco. Cuando hubiese ido a ParÃs, habrÃa ido a verte. Nos habrÃamos abrazado y vuelto a ver, viviendo como antes sin preocuparnos uno de otro. Pero no; tú creÃste que yo era joven, fresco y puro. Hay gente rizada, encorsetada y maquillada que aún tiene aspecto joven. En la cama son ancianos decrépitos. Hay corazones iguales, gastados por enfermedades e inválidos debido a grandes excesos. Tú quisiste extraer sangre de una piedra. Hiciste una grieta en ella, y te han sangrado los dedos. Quisiste hacer caminar a un paralÃtico, todo su peso te cayó encima, y se volvió más paralÃtico aún.
No, no hay acritud, ni ira, ni odio, sino una profunda y triste convicción. Siempre hay un sentimiento que carece de nombre, formado por otros muchos, como esos edificios que no son de piedra sillar, ni de mamposterÃa, ni de madera, siempre hay una abnegación dispuesta, y si no te hiere la expresión, una gratitud desmesurada. Me pides que al menos nuestros recuerdos me sugieran algo; pues bien, como la primera noche, un casto beso en la frente. Adiós, imagÃnate que he marchado a un largo viaje. Adiós de nuevo, conoce a otro más digno; irÃa hasta el fin del mundo para ofrecértelo. Sé feliz.