Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Amo ante todo la paz y el descanso, y jamás he hallado en ti sino disturbios, tormentas, lágrimas o ira. Te enfadaste una vez porque dije a un cochero que te llevara a tu casa, qué caras no pusiste en la cena con Max, qué andanada recibí en el tren por haber faltado a una cita, etc. Pero no te reprocho nada, no estaba más en tu mano el impedir todo esto que en la mía el no sufrir por ello, y sufrir de manera doble, sentimentalmente e intelectualmente. Las escenas que has organizado en casa de Du Camp y en el hotel, donde hiciste que te recondujeran dos veces para ver si me había marchado yo, no dejan tampoco de darme un aire bastante ridículo. Tengo la debilidad de apreciar lo decoroso. Todo el daño procede de un error primitivo; te equivocaste al aceptarme, y habría sido preciso cambiar entonces. Pero ¿se puede cambiar? Tus ideas de moralidad, de patria, de abnegación, tus gustos literarios, todo era contrario a mis ideas y a mis gustos. Siendo un hombre de fantasía ante todo, una mente desordenada, ¿podía yo acaso, a pesar del atractivo de tu persona, plegarme siempre e inclinarme ante esa estrecha ley del deber y de la regla, que colocabas ante cada cosa? Yo, un enamorado exclusivo de la línea pura, de la curva saliente, del color chillón, de la nota sonora, hallaba siempre en ti no sé qué tono anegado en sentimiento que lo atenuaba todo, y alteraba hasta tu mente. Jamás contestaste, qué digo, ni siquiera tuviste la menor compasión por mis instintos de lujo. Un montón de necesidades que me roen como parásitos, y que te mostraba lo menos posible, no excitaron en ti sino el desdén con que me aplasta el burgués. Habitualmente me paso tres cuartas partes del día admirando a Nerón, a Heliogábalo o a cualquier otra figura secundaria que converge, como lo hacen los astros, en torno a estos soles de belleza plástica. Entonces, ¿qué entusiasmo querías que tuviese por los pequeños sacrificios morales, por las virtudes domésticas o democráticas que querías que yo admirase? La explicación podría alargarse. Pero bastante penosa es para mí; la terminaré en seguida. Una vez más, ¿por qué, por qué me conociste? ¿De qué culpa es la expiación, pobre mujer? Merecías algo mejor que esto.