Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me preguntas por dónde he pasado para haber llegado a este punto. No lo sabréis ni tú ni los demás, porque es indecible. La mano que tengo quemada, y cuya piel está arrugada como la de una momia, es más sensible que la otra al frÃo y al calor. Mi alma es igual, ha pasado por el fuego: ¿es de extrañar que no se caliente al sol? Considera eso en mà como una imperfección, como una vergonzosa enfermedad interna que he contraÃdo por haber frecuentado cosas malsanas; pero no te desesperes, pues no hay nada que hacer. No me compadezcas, ya que no vale la pena. No te indignes: serÃa poco inteligente.
Quieres saber si tu imagen vuelve a menudo a mi pensamiento. SÃ, con frecuencia; pero ¡qué imagen! Entristecida, llorosa, desolada, como una aparición que me persigue con su tristeza. Casi he olvidado tu risa. A lo mejor tú también.
¡Ay! ¿Por qué el cielo no te ha hecho una de esas mujeres ligeras que de la vida sólo toman el placer, que tienen en el corazón, como en el cuerpo, un órgano para gozar, sin que el funcionamiento de los demás se vea turbado? O si no, ¿por qué no viniste hace seis u ocho años? Me repito esto hasta la saciedad, pues entonces era yo el hombre que necesitabas. Tú necesitas ilusiones; te gustan. ¿Hay otra cosa que pueda gustar?