Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Antes de conocerte estaba tranquilo, o había llegado a estarlo. Entraba en un período viril de salud moral. Mi juventud ha pasado. La enfermedad nerviosa que me ha durado dos años ha sido su conclusión, su cierre, su resultado lógico. Para haber tenido lo que tuve es preciso que algo, anteriormente, haya sucedido en mi caja craneana de modo bastante trágico. Después, todo se había restablecido; yo había visto claro en las cosas y en mí mismo, lo que es menos frecuente. Avanzaba con la rectitud de un sistema particular hecho para un caso especial. En mí mismo lo había comprendido todo, separado y clasificado, de manera que, hasta entonces, no había época en mi existencia en que me hubiera encontrado más tranquilo, mientras que a todo el mundo, al contrario, le parecía que era ahora cuando merecía lástima. Viniste a revolverlo todo con la punta del dedo. El viejo poso volvió a hervir, y el lago de mi corazón se agitó. ¡Pero es que la tempestad está hecha para el Océano! Cuando se enturbian los estanques, de ellos no se exhalan sino olores malsanos. Para decirte esto es preciso que te ame. Olvídame si puedes, arráncate el alma con ambas manos, y pisotéala para borrar la huella que he dejado. Venga, no te enfades.