Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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No, te abrazo, te beso. Estoy loco. Si estuvieses aquí, te mordería; tengo ganas de hacerlo, yo, de cuya frialdad se burlan las mujeres, y a quien han fabricado la caritativa reputación de no utilizarlas —las utilizaba tan poco… Sí, ahora me siento con apetitos de fiera salvaje, con instintos de amor carnicero y desgarrante; no sé si esto es amar. Quizá sea lo contrario. A lo mejor, en mí, lo importante es el corazón.

La deplorable manía del análisis me agota. Dudo de todo, e incluso de mi duda. Me has creído joven y soy viejo. Con frecuencia he charlado con ancianos sobre los placeres de este mundo, y siempre me ha asombrado el entusiasmo que reanimaba en ese momento sus ojos apagados, así como el ver que no salían de su sorpresa al considerar mi modo de ser; y me repetían: «¡A su edad! ¡A su edad! ¡Usted! ¡Usted!». Quitando la exaltación nerviosa, la fantasía de la imaginación y la emoción del minuto, poco me quedará. He aquí el reverso del hombre. No estoy hecho para gozar. No hay que tomar esta frase en un sentido material, sino captar su intensidad metafísica. Siempre me digo que voy a hacer tu desdicha, que sin mí tu vida no se habría visto alterada, que llegará un día en que nos separaremos (y me indigno de ello con antelación). Entonces la náusea de la vida me vuelve a la boca, experimento un asco inaudito de mí mismo, y una ternura muy cristiana hacia ti.


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