Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Otras veces, ayer por ejemplo, cuando hube cerrado tu carta, tu recuerdo canta, sonríe, toma color y baila como un alegre fuego que nos envía sus colores matizados y un calorcillo penetrante. El movimiento de tu boca cuando hablas se reproduce en mi memoria, lleno de gracia, de atractivo, irresistible, provocador; tu boca, tan rosa y húmeda, que llama al beso, que lo atrae hacia ella con una aspiración sin igual. ¡Qué buena idea tuve al quedarme tus zapatillas! ¡Si supieras cómo las miro! Las manchas de sangre amarillean y se debilitan. ¿Es culpa de ellas? Nosotros haremos igual. Un año, dos años, seis… ¿qué importa? Todo lo que se mide pasa, todo lo que se cuenta tiene un fin.
En cuanto a infinito, sólo el cielo lo es a causa de sus estrellas, la mar debido a sus gotas de agua y el corazón debido a sus lágrimas. Sólo por eso es grande; todo lo demás es pequeño. ¿Acaso miento? Reflexiona, trata de estar tranquila. Una o dos alegrías llenan el corazón, pero todas las miserias de la humanidad pueden darse cita en él; vivirán allí como huéspedes.