Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Recibo de Croisset su carta de anteayer. Otra vez lágrimas, recriminaciones y, lo que resulta más raro, insultos. Y todo eso porque no acudà a una cita que no habÃa prometido.
Me dirá usted que estaba entendido tácitamente entre nosotros que yo debÃa acudir. Pero ¿y si no pude, y si habÃa motivos que no podÃa usted conocer? ¡Mientras que, en la ira egoÃsta de su amor, me envÃa usted cosas tan hermosas! Finalmente, si hubiera obstáculos, obstáculos insalvables… ¿No importa, verdad? A usted le preocupa muy poco todo lo que me ocurre. ¿Qué importa el estado en que me hallo? Desde el momento en que no lo dejo todo por usted, tengo la culpa, la culpa, siempre la culpa.
¡Ay, Louise! Dice que me compadece. Yo la compadezco también, pues me ha enseñado algo triste: y es que hay tanta amargura y miserias en el amor feliz como en el amor desdeñado.
Gota a gota, me las ha destilado todas, de manera, se lo juro, que no perderé su recuerdo. No acepta el sentimiento que usted me inspira, esa compasión insultante que, según usted, sólo procede del remordimiento. Habla usted, ¡ay!, con un sordo. No creo en el remordimiento. Es una palabra de melodrama que jamás consideré auténtica.