Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet […] ¿Cómo estás, querida amiga? ¿Qué tal el cuerpo y el alma? ¿Pegaso y el cocido? Quiero decir el Arte y la vida. He sentido mucho por ti el embarazo de Rachel. ¿Qué decides? Si he de darte un consejo, es que esperes a que haya parido su criatura para entregarle la tuya. Casi no hay ejemplos de una comedia representada por ella que haya fracasado. Si tu obra triunfa sin ella, con ella será más completo el éxito; si ha de fracasar, su ayuda siempre la hará vivir algún tiempo. Por otra parte no tengo, cuando reflexiono sobre ello, y sueño a menudo al respecto, nada verdaderamente sólido que comunicarte sobre eso. Consulta a la gente avezada a las suertes dramáticas. Sobre éxitos y fracasos predecibles no entiendo ni jota. Tendría en el bolsillo el Hamlet de Shakespeare y las Odas de Horacio, y vacilaría en publicarlas. Pero todo el mundo no tiene por qué tener mis prejuicios sobre la inteligencia del público. Me pides datos sobre nuestro trabajo, de Max y mío. Has de saber que estoy agotado de escribir. El estilo, que es algo que me tomo a pecho, me sacude los nervios horriblemente. Me lleno de despecho, me carcomo. Hay días en que me pone enfermo, y de noche tengo fiebre. Cada vez me siento más incapaz de expresar la Idea. ¡Qué manía tan rara, pasarse la vida consumiéndose a propósito de palabras y sudando todo el día para redondear frases! Hay veces, es cierto, en que se goza sin medida; pero ¡con cuántos desánimos y amarguras se paga ese placer! Hoy, por ejemplo, he dedicado ocho horas a corregir cinco páginas, y me parece que he trabajado bien. Juzga lo demás; es lamentable. Sea como fuere, acabaré este trabajo, que por su objeto mismo es un ejercicio duro, y el verano próximo veré de intentar San Antonio. Si no funciona desde el principio, dejo plantado el estilo para dentro de largos años. Me dedicaré al griego, la historia, la arqueología, lo que sea, en fin, cualquier cosa más fácil. Pues demasiado a menudo encuentro estúpido el esfuerzo inútil que hago.