Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Charlar de Arte como con alguien indiferente, dices. ¿Acaso tú charlas de Arte con los indiferentes? ¿Consideras el tema como del todo secundario, como algo divertido, entre la política y las noticias? ¡Yo no, yo no! Estos días he vuelto a ver a un amigo que vive fuera de Francia. Fuimos criados juntos; me habló de nuestra infancia, de mi padre, de mi hermana…, del colegio, etc. ¿Crees que le hablé de lo que me toca de más cerca, o de más alto al menos, de mis amores y de mis entusiasmos? ¡Precisamente lo evité, vive Dios!, pues lo hubiera pisoteado. La mente tiene sus pudores. Me aburrió, y deseaba que se fuese al cabo de dos horas, lo que no impide que le tenga afecto, que le quiera mucho, si a eso se llama querer. […]
¿Quieres que sea sincero? Pues voy a serlo. Un día, el día de Mantes, bajo los árboles, me dijiste «que no cambiarías tu felicidad por la gloria de Corneille». ¿Lo recuerdas? ¿Tengo buena memoria? ¡Si supieras qué hielo me derramaste en las entrañas, qué estupefacción me causaste! ¡La gloria, la gloria! Pero ¿qué es la gloria? No es nada. Es el ruido exterior del placer que nos da el Arte. «Por la gloria de Corneille»; pero ¿y por ser Corneille? ¿Por sentirse Corneille?