Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Sí, cuando te conocí, de inmediato estuve dispuesto a amarte; te amé. Después de haberte conseguido, no sentí el fastidio que los hombres aseguran infalible, y me vi empujado hacia ti con todo mi corazón y con todo mi cuerpo. Pero, cada vez que me acercaba, surgía un debate, una querella, un enfurruñamiento, una palabra que te ofendía, una aventura, por último, que al desenterrarse, como una espada de dos filos, nos hacía sangrar a ambos. No puedo pensar en ti, y en los mejores recuerdos que de ti proceden, sin que se estropeen en seguida al mezclarse con ellos la idea de uno de tus sufrimientos. Cuando iba a París, te hacía llorar mi partida; ahora estás resentida porque no voy. Llegas al extremo de odiarme a través de tu amor. Al menos, así lo querrías. Pues, si has de ser menos desdichada con ello, ¡que ocurra! En otra edad y bajo otras circunstancias, quizás habríamos bebido la copa vertiendo en ella menos hiél. Pero en lo tocante al corazón, nos hemos conocido ya más que maduros, vieja amiga, y hemos congeniado mal, como los que se casan de viejos. ¿De quién es la culpa? Ni de uno ni de otro; de ambos, quizá. No has querido comprenderme, y yo acaso no te he comprendido a ti. En ti he chocado con muchas cosas; y con frecuencia me has lastimado muchísimo. Pero estoy tan habituado, que ni me habría dado cuenta, si tú misma no me hubieses advertido de todos los golpes que te asestaba. Sin embargo, es lamentable, pues me gusta tu rostro, y todo tu ser me es dulce. ¡Pero estoy tan cansado, tan aburrido, tan radicalmente impotente para hacer feliz a nadie! ¡Hacerte feliz, ah, pobre Louise, hacer yo feliz a una mujer! Ni siquiera sé hacer jugar a una criatura. Mi madre me quita a su pequeña cuando la toco, pues la hago llorar, y es como tú, quiere venir conmigo, y me llama.