Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet En cuanto a la hipérbole de Corneille, tiene usted razón. No sólo creo, sino que siempre he creído «que un amor como el mío no admitía comparación». No tenía usted que haber ampliado la premisa, diciendo: cualquier especie de amor.
Si se retracta de la hipérbole, si se arrepiente por fin de ella, no ocurre lo mismo en lo referente a la mía, a la del coche. Sí, yo querría tenerlo, y no lo haría astillas, como usted presume. ¿Acaso no era un coche muy cómodo? No, no escupo sobre dicho recuerdo. Lo bendigo, lo respeto y lo amo.
¿Por qué estar eternamente hablándome de Du Camp? Le he explicado a usted su conducta y sus motivos; pero ¿dónde ha visto usted que los aprobase, que les prestara mi menor adhesión?
He expuesto la verdad; usted me pedía historia; he hecho historia.
Mire, ahora querría verla, besarla, hablarle dulcemente. Sé que me escucharía, que al final me tendería una mano, una mano enternecida, y que terminaría diciéndome, como mi profesor de historia, «extraño personaje», y eso sería todo.