Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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A usted, que me ama como un árbol ama el viento; a usted, por quien tengo en el corazón algo largo y suave, algo conmovido y agradecido que no perecerá; a ti, pobre mujer a la que hago llorar tanto, y a quien tanto quisiera hacer sonreír, alma buena que venda al leproso, aunque la lepra no necesita vendas y el leproso a veces se enfada, te deseo todo lo que no tengo, la serenidad de espíritu, la fe en sí mismo, y todo lo que hace que uno esté contento de vivir. Te deseo la poda de todas las espinas de la vida y alamedas cubiertas de arena para caminar, bordeadas de flores, con ruidos de arroyo, arrullos de palomas en las ramas y grandes bandadas de águilas entre las nubes.

No hay que desesperarse por nada. Hace tres años, en 1849, a medianoche, pensaba en China, y en 1850 a medianoche estaba en el Nilo. Estaba en camino. Era una aproximación, era otra cosa. En fin, ¿quién sabe? No esperemos, pero aguardemos.

Adiós, hasta mañana.

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[Croisset] Viernes por la noche [16 de enero de 1852].


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