Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Tengo un Ronsard completo, dos volúmenes infolio, que por fin he acabado por conseguir. Los domingos lo leemos hasta reventarnos el pecho. Los fragmentos de las pequeñas ediciones corrientes dan de él una idea como los extractos y las traducciones de toda especie, es decir, que las cosas más hermosas están ausentes. No te imaginas qué poeta es Ronsard. ¡Qué poeta! ¡Qué poeta! ¡Qué alas! Es más grande que Virgilio y vale tanto como Goethe, al menos en determinados momentos, en cuanto a estallidos líricos. Esta madrugada, a la una y media, leía un poema que casi me afectó a los nervios, hasta tal punto me agradaba. Era como si me hubiesen hecho cosquillas en las plantas de los pies. Bonito aspecto tenemos, echamos espuma y despreciamos a todo aquel que, en este mundo, no lea a Ronsard. ¡Pobre gran hombre, qué contenta ha de estar su alma, si nos ve! Esta idea me hace añorar los Campos Elíseos de los antiguos. Habría sido muy agradable ir a charlar con esos buenos viejos a los que tanto quisimos mientras vivíamos. ¡De qué forma tan tolerable habían organizado la existencia los antiguos! Así que aún tenemos para dos o tres meses de domingos entusiasmados. Este horizonte me hace mucho bien y arroja, de lejos, un reflejo ardiente sobre mi trabajo. Esta semana he trabajado bastante bien. Iré a París cinco o seis días dentro de unas tres semanas, cuando esté en un punto de parada. Adiós, beso tus senos y tu boca.


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