Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Si no he contestado antes a tu carta doliente y desanimada es porque he tenido un gran acceso de trabajo. Anteayer me acosté a las cinco de la mañana, y ayer a las tres. Desde el lunes pasado he dejado todo lo demás, y toda la semana he trabajado exclusivamente en mi Bovary, fastidiado por no avanzar. Ahora he llegado al baile, que empezaré el lunes. Espero que vaya mejor. Desde que me viste he escrito veinticinco páginas peladas (veinticinco páginas en seis semanas). Han sido duras de pelar. Mañana se las leeré a Bouilhet. Por mi parte, las he trabajado tanto, copiado, cambiado y manejado, que de momento no me entero de nada. Creo, no obstante, que son consistentes. Me hablas de tus desánimos: ¡si pudieses ver los míos! No sé cómo a veces no se me caen los brazos del cuerpo, de cansancio, y cómo no se me hace papilla la cabeza. Llevo una vida áspera, desierta de todo goce exterior, y en la que nada tengo para sostenerme más que una especie de rabia permanente, que a veces llora de impotencia, pero que es continua. Amo mi trabajo con un amor frenético y pervertido, como un asceta el cilicio que le rasca el vientre. A veces, cuando me encuentro vacío, cuando la expresión se niega a venir, cuando, después de haber garabateado largas páginas, descubro que no he hecho ni una frase, caigo sobre mi diván y allí permanezco alelado, en un pantano interior de hastío.