Cartas a Louise Colet

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Me detesto, y me acuso por esa demencia de orgullo que me hace jadear en pos de la quimera. Un cuarto de hora después, todo ha cambiado; el corazón me late de alegría. El miércoles pasado tuve que levantarme e ir en busca de mi pañuelo; las lágrimas corrían por mi rostro. Me había enternecido yo solo al escribir, y gozaba deliciosamente con la emoción de mi idea, con la frase que la expresaba y con la satisfacción de haberla encontrado. Al menos, creo que había de todo eso en esa emoción en que los nervios, después de todo, ocupaban más lugar que lo demás. En este orden, las hay más elevadas: son aquellas en que el elemento sensible no interviene. Entonces aventajan a la virtud en belleza moral, hasta tal punto son independientes de toda personalidad, de toda relación humana. A veces he entrevisto (en mis grandes días soleados), al resplandor de un entusiasmo que hacía vibrar mi piel desde el talón a la raíz de los cabellos, un estado del alma superior a la vida, para el que la gloria no sería nada, e incluso la felicidad inútil. Si cuanto te rodea, en vez de formar con su naturaleza una conjuración permanente para asfixiarte en los lodazales, te mantuviera, al contrario, en un régimen sano, ¿quién sabe, entonces, si no habría medio de hallar para la estética lo que el estoicismo había inventado para la moral? El arte griego no era un arte; era la constitución radical de todo un pueblo, de toda una raza, del país mismo. Las montañas tenían líneas muy diferentes, y eran de mármol para los escultores, etc.


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