Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me dices que te he enviado observaciones curiosas sobre las mujeres, y que son poco libres de su persona (las mujeres). Es cierto. ¡Se les enseña tanto a mentir, se les cuentan tantas mentiras! ¡Nadie se encuentra nunca en condiciones de decirles la verdad, y cuando se tiene la desdicha de ser sincero, se exasperan contra esta rareza! Lo que sobre todo les reprocho es su necesidad de poetización. Un hombre querrá a su lavandera, y sabrá que es tonta, sin gozar menos por ello. Pero si una mujer ama a un patán, es un genio desconocido, un alma de élite, etc., de modo que, debido a esa natural disposición al bizqueo, no ven la verdad cuando aparece, ni la belleza allá donde se encuentra. Esta inferioridad (que es, desde el punto de vista del amor en sí, una superioridad) es la causa de las decepciones de que tanto se quejan. Pedir peras al olmo es en ellas una enfermedad común.
Máximas sueltas: no son sinceras consigo mismas; no se confiesan sus propios sentidos; confunden su culo con su corazón, y creen que la luna está hecha para iluminar su cuarto.
El cinismo, que es la ironía del vicio, les falta; o cuando lo tienen, es por afectación.
La cortesana es un mito. Jamás mujer alguna inventó una orgía.