Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Pero ¿dónde refugiarse, Dios mío? ¿Dónde hallar un hombre? Orgullo de uno mismo, convicción de la propia obra, admiración de lo Bello, ¿es que todo se ha perdido? ¿Es que el fango universal en el que nadamos hasta la boca llena el pecho de todos? En lo sucesivo, te lo suplico, no vuelvas a hablarme de lo que se hace en el mundo, no me envíes noticia alguna, dispénsame de artículos, diarios, etc. Puedo pasarme muy bien sin París y sin todo lo que allí se trama. Estas cosas me ponen enfermo; me harían volverme malo, y me refuerzan en un exclusivismo sombrío que me llevaría a una estrechez catoniana. ¡Cómo me felicito por haber tenido la buena idea de no publicar! ¡Aún no me he mojado! Mi musa (por derrengada que pueda estar) aún no se ha prostituido, y tengo muchas ganas de dejarla morir virgen, al ver toda esa sífilis que corre por el mundo. Como no soy de los que pueden hacerse un público, y como este público no está hecho para mí, prescindiré de él. «Si tratas de agradar, ya has caído», dice Epicteto. Yo no caeré. Me parece que el señor Musset ha meditado poco sobre Epicteto, y, no obstante, lo que falta en su discurso no es el amor a la virtud. Nos anuncia que el señor Dupaty era un hombre honrado, y que está muy bien ser hombre honrado. Entonces, satisfacción general del público. (Véase Gabrielle, del señor Émile Augier.) El elogio de las cualidades morales, agradablemente entrelazado con el de las virtudes intelectuales, y puestos juntos, al mismo nivel, es una de las mayores bajezas del arte de la oratoria. ¡Como todo el mundo cree poseer las primeras, al mismo tiempo se atribuyen las segundas! Tuve un criado que acostumbraba a tomar rapé. A menudo le oí decir cuando sorbía (para disculparse de su hábito): «Napoleón lo tomaba». Y la tabaquera, en efecto, establecía sin duda cierto parentesco entre ambos, que, sin rebajar al gran hombre, aupaba mucho al patán en su propia estima.