Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Llega el pequeño confiteor; ahí, el poeta llama a sus obras pecados de infancia, censura las culpas que ya no tiene y achaca a la escuela romántica no tener sentido común, aunque él no reniegue de sus maestros. Aquí habrían debido decirse cosas hermosas sobre el sillón de Hugo, vacío. ¿Cómo privarse de semejantes alegrías, cómo negarse a sí mismo la voluptuosidad de escandalizar a la Compañía? Pero el decoro se oponía a ello; habría molestado a este buen gobierno, y habría sido de mal gusto. A cambio, tenemos inmediatamente después el elogio inesperado de Casimir Delavigne, que sabía que la estima vale más que el ruido y que, en consecuencia, siempre se ha arrastrado a remolque de la opinión, escribiendo Las mesenias después de 1815, El paria en la época del liberalismo, Marino Faliero cuando la boga de Byron, Los hijos de Eduardo cuando el drama medieval privaba. Delavigne era un señor mediocre, pero un normando astuto que acechaba el gusto del día y se conformaba a él, conciliando a todos los partidos y no satisfaciendo a ninguno, un burgués como pocos, un Luis Felipe en literatura. Para él, Musset no tiene sino amabilidades.
Ensalzar versos entre los que se encuentra éste:
Dejando a Rafael, sonreí al Albano ¡y Anacreonte junto a Homero!