Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Du Camp me ha contestado con una carta bonachona y afligida. Le he remitido otra de la misma cosecha (de vinagre). Creo que sentirá por largo tiempo el mareo de semejante puñetazo, y que se dará por enterado. Soy un buenazo hasta cierto punto, hasta una frontera (la de mi libertad) que no se cruza. Y como ha querido meterse en mi territorio más personal, lo he empujado a su rincón, y a distancia. Como él me decía que uno se debía a los demás, que había que ayudarse, etc., que yo tenía una misión y otras frases, después de haberle expresado con claridad que me ciscaba en todo y en todos, añadía yo: «Los demás prescindirán, pues, de mis luces. Les pido, a cambio, que no me revienten con sus candelas», y el mismo tono de tinta durante cuatro páginas. Soy un bárbaro, tengo su apatía muscular, sus languideces nerviosas, sus ojos verdes y su estatura elevada; pero tengo también su arranque, su terquedad, su irascibilidad. Así somos todos los normandos, tenemos un poco de sidra en las venas; es una bebida agria y fermentada, y que a veces hace saltar el corcho.