Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet «Yo soy celoso, matarÃa a una mujer», etc. No se mata a las mujeres, por temor a la Audiencia de lo criminal. Él no mató a George Sand. Por parecer un barbián, decÃa: «Ayer, a punto estuve de matar a un periodista». SÃ, estuvo a punto, pues le sujetaron. Quizás es el otro quien lo habrÃa matado. Por parecer un sabio, decÃa: «Leo a Homero como a Racine». En ParÃs no hay veinte personas que sean capaces de eso, aun siendo profesionales. Pero si uno se dirige a personas que jamás han estudiado el tal griego, le creen. Eso me recuerda al bueno de Gautier, que me decÃa: «Yo sé latÃn, como se sabÃa en la Edad Media», y al dÃa siguiente encuentro en su mesa una traducción de Spinoza. «—¿Por qué no lo lee usted en el original? —Ah, es demasiado difÃcil.» ¡Cómo se miente! ¡Cómo se miente en este perro mundo! En resumidas cuentas, los brazos tendidos hacia los árboles y las añoranzas ditirámbicas de la juventud perdida me parecen salir del mismo saco. Ella se emocionará, querrá (pensará) salvarme, levantarme, pondrá en ello su orgullo. Los jóvenes de justas pretensiones se dejan cazar por estos sofismas, y se habla, se habla con las lágrimas en los ojos. Finalmente, como remate de los fuegos artificiales, deslumbramiento del vicio, demonios de fuego (para designar a las zorras), etc., etc. ¡Pero es que también yo he creÃdo en todo eso! ¡A los dieciocho años! También creà que el alcohol y el burdel inspiraban. A veces, como ese gran hombre, me he comido de golpe mucho dinero en procesiones mitológicas, pero todo eso me ha parecido tan tonto como lo demás, y tan vacÃo. Hay que ser un hombre bien pobre para quedarse ahÃ; muy pronto queda uno gastado. Si en el aspecto venéreo soy un hombre tan prudente, es porque pasé muy pronto por un desenfreno muy superior a mi edad, e intencionalmente, con el fin de saber. Hay pocas mujeres a las que no haya desnudado hasta los talones, al menos con la cabeza. He trabajado la carne a lo artista, y la conozco. Me encargo de escribir libros capaces de poner en celo a los más frÃos. En cuanto al amor, ha sido el gran tema de reflexión de toda mi vida. Lo que no entregué al arte puro, al oficio en sÃ, allá fue a parar; y el corazón que yo estudiaba era el mÃo. ¡Cuántas veces he sentido en mis mejores momentos entrarme en la carne el frÃo del escalpelo! Bovary (en cierta medida, en la medida burguesa, tanto como he podido, y para que resultase más general y humano) será, bajo este aspecto, la suma de mi ciencia psicológica y no tendrá valor original sino por ese lado. ¿Lo tendrá? ¡Dios lo quiera!