Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Por eso detesto la poesía hablada, la poesía en frases. Para las cosas que no tienen palabras, basta la mirada. Las exhalaciones del alma, el lirismo, las descripciones, quiero todo eso con estilo. De otro modo, es una prostitución del arte y del propio sentimiento.
Ese pudor es el que siempre me ha impedido cortejar a una mujer. Al decir las frases po-é-ticas que me venían entonces a los labios, temía que ella pensase «¡Qué charlatán!», y el temor de serlo efectivamente me detenía. Esto me recuerda a la señora Cloquet, que para mostrarme cuánto quería a su esposo y la inquietud que había sentido durante una enfermedad de cinco o seis días que había pasado él, levantaba su cinta para que yo viese dos o tres canas en su sien, y decía: «He pasado tres noches sin dormir, tres noches velándolo». En efecto, era de una abnegación formidable.
De la misma calaña son todos los que te hablan de sus amores desvanecidos, de la tumba de su madre, de su padre, de sus benditos recuerdos, besan medallas, lloran a la luna, deliran de ternura al ver niños, desfallecen en el teatro y adoptan un aire pensativo ante el Océano. ¡Farsantes! ¡Farsantes! ¡Triples saltimbanquis! Dan el salto de trampolín sobre su propio corazón, con el fin de alcanzar algo.