Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Si yo hubiera tenido el cerebro más solido, no habrÃa enfermado por estudiar derecho y por aburrirme. HabrÃa sacado partido de ello, en vez de sacar un mal. La tristeza, en vez de quedárseme en el cráneo, se derramó en mis miembros, y los crispaba en convulsiones. Era una desviación. A menudo se ven niños a los que hace daño la música; tienen grandes disposiciones, retienen melodÃas a la primera audición, se exaltan tocando el piano, les late el corazón, adelgazan, palidecen, caen enfermos, y sus pobres nervios, como los de los perros, se retuercen de sufrimiento al sonido de las notas. Ésos no son los Mozart del futuro. La vocación se ha desplazado; la idea ha pasado a la carne, donde permanece estéril y la carne perece; de ello no resulta ni genio ni salud.
Lo mismo en el arte. La pasión no compone los versos, y cuanto más personal seas, serás más débil. Yo siempre he pecado por ahÃ; es que siempre me he comprometido en cuanto he hecho. En lugar de San Antonio, por ejemplo, estoy yo; la tentación lo fue para mà y no para el lector. Cuanto menos se siente una cosa, más apto es uno para expresarla tal como es (como es siempre, en sà misma, en su generalidad, y libre de todas sus contingencias efÃmeras). Pero hay que tener la facultad de hacérsela sentir. Esta facultad no es sino el genio: ver, tener ante sà el modelo, posando.