Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¡Si tuviera tiempo, te darÃa una buena clase de anatomÃa sobre toda esa reciente historia de Musset! (no volveré al asunto, no temas, estoy muy harto de él, más que tú), y releyendo una por una todas tus cartas diseccionarÃa músculo a músculo, hasta los más pequeños hilos nerviosos, todo cuanto ha ocurrido. Lo sé. ¿Sabes lo mejor que hay en esto, y lo único bueno que has hecho? Habérmelo dicho. Esa sinceridad te honra, está por encima de la vulgaridad de la mayorÃa de las mujeres. ¡Pero has sido muy mujer, pobre Louise! Semejante estudio era una lectura demasiado difÃcil para tus tiernos ojos. Se han nublado en las lÃneas que querÃas leer sólo para divertirte. Por eso tu conducta, para él, debe resultar aún inexplicable. No se considera vencido. Volverá. Os veréis de nuevo, como sea. La escena del coche era un desenlace, él ha empezado un nuevo acto, el de los adioses, el de las añoranzas, el de los «¡Ah, si el cielo lo hubiera querido!». ¿He estado yo celoso en todo esto? Puede. Sin embargo, al leer tu larga carta, cuando me sentà tan furioso, no eran celos, sino dos sentimientos: el de mi impotencia, mi inanidad (¡y yo que no estaba allÃ!, pensaba) y una sensación de escándalo, de ultraje personal, como la deglución de una ignominia que me metÃan con embudo.