Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Todo esto me ha entristecido mucho. En efecto, he pensado: ¡Estoy tan poco con ella! ¡Tan raras veces! Y no soy, después de todo, lo que se llama un hombre amable. (Si fuera mujer, en efecto, no me querría a mí como amante, seguro, una aventurilla sí, pero no una intimidad.) Pues bien, en una hora vacía ha llegado otro, otro con el tono apropiado, suplicante, haciéndose el niño… ¿Sería mejor para ella que me abandonase? ¿La haría él más feliz? Y os he visto juntos durante algún tiempo. Pero ¡qué compañía! ¡Qué asco, esos besos llenos de hipo, y qué miseria de hombre, en verdad! Yo valgo más que eso. Aún no me ponen perejil en la nariz, y no he renegado de mis maestros, ni he tratado de divertir al príncipe-presidente, ni puesto en peligro de matarse a alguien a quien estaba ofendiendo.
¡Uf! Basta, ¿eh? No hablemos más de ello. Deja que bese en todos los sitios que él desea, y olvidemos el asunto.
Llevo diez días trabajando bien. Desde estos calores he hecho tanto como durante todo el mes de junio, que fue atroz para mí. Dentro de quince días espero haber terminado mi segunda parte. Una semana más, después, para corregirla, y otra para revisar el conjunto. Así que dentro de cuatro semanas iré a verte. Este final me da mucho quehacer. Lo he dejado todo para trabajar en él exclusivamente.