Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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También me entristece tu carta de esta mañana. ¡Pobre, querida mujer, cómo te quiero! ¿Por qué te ha dolido una frase que era, al contrario, la expresión del amor más sólido que un ser humano pueda sentir por otro? ¡Ay, mujer! ¡Sé menos mujer! ¡Sé mujer solamente en la cama! ¿Acaso no me inflama tu cuerpo cuando estoy en ella? ¿No me has visto contemplarte, boquiabierto, y pasar mis manos con deleite sobre tu piel? En el recuerdo, tu imagen me agita, y si no sueño contigo más a menudo, es porque no se sueña lo que se desea. Aspira bien el aire de los bosques esta semana, y mira las hojas en sí mismas; para entender la naturaleza, hay que ser tranquilo como ella.

No nos lamentemos de nada; quejarse de todo lo que nos aflige o nos irrita es quejarse de la esencia misma de la vida. Nosotros estamos hechos para describirla, y nada más. Seamos religiosos. A mí, todo lo enojoso que me ocurre, grande o pequeño, hace que me ciña cada vez más a mi eterna preocupación. Me aferro a ella con ambas manos, y cierro los ojos. A fuerza de llamar a la Gracia, acude. Dios se apiada de los sencillos, y el sol siempre brilla para los corazones vigorosos que se sitúan por encima de las montañas.



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