Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Es a ti a quien vuelve mi pensamiento cuando he hecho la ronda de mis sueños; me tiendo sobre ti como un viajero cansado en la hierba del prado que bordea su camino. Cuando despierto pienso en ti, y tu imagen, durante el día, aparece de vez en vez entre las frases que busco. ¡Oh, mi pobre y triste amor, quédate conmigo! ¡Estoy tan vacío! Si he amado mucho, a cambio, lo he sido poco (al menos en cuanto a mujeres), y tú eres la única que me lo has dicho. Las otras, por un momento, han podido gritar de placer o quererme como buenas chicas durante media hora o una noche. ¡Una noche! Eso es muy largo, casi ni me acuerdo. Pues bien, declaro que hicieron mal; yo valía más que otros muchos. ¡Les guardo rencor por no haberse aprovechado! Ese amor parlanchín e impetuoso, el nácar de la mejilla del que hablas, y los borbotones de ternura, como habría dicho Corneille, yo tenía todo eso. Pero me habría vuelto loco si alguien hubiese recogido ese pobre tesoro sin etiqueta. Así que es una suerte: ahora sería un estúpido. El sol, el viento y la lluvia se llevaron algo; mucho fue a parar bajo tierra; el resto te pertenece, anda; es todo tuyo, y bien tuyo. […]
Croisset, sábado por la noche [25 de septiembre de 1852].