Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet No me repitas más que me deseas, no me digas todas esas cosas que me duelen. ¿Para qué?, ya que lo que es ha de ser, ya que no puedo trabajar de otro modo. Soy un hombre de excesos en todo. Lo que sería razonable para otro, me es funesto. ¿Acaso crees que no tengo ganas de ti, yo también, que no me hastía con frecuencia una separación tan larga? Pero te aseguro que un trastorno material de tres días me hace perder quince, que experimento todas las dificultades del mundo para concentrarme, y que, si he tomado esta decisión que te irrita, es en virtud de una experiencia infalible y reiterada. No estoy en vena todos los días hasta las once de la noche aproximadamente, cuando llevo ya siete u ocho horas trabajando, y en el año, después de largas series de días monótonos, al cabo de un mes o seis semanas de estar pegado a mi mesa.
Empiezo a funcionar un poco. Esta semana ha sido más tolerable. Al menos, entreveo algo en lo que estoy haciendo. Bouilhet, el domingo pasado, me dio por lo demás excelentes consejos después de leer mis esbozos; pero ¿cuándo habré acabado este libro? Dios lo sabe. De aquí a entonces iré a verte en los intervalos, en los momentos de parada. Si no te tuviera a ti, te aseguro que no pondría los pies en París, a lo mejor no antes de dieciocho meses. Cuando esté allí ya verás qué verdad es lo que digo en cuanto a mi manera de trabajar, ¡con qué lentitud!, ¡y qué dificultad! […]