Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Lo que he leído del panfleto no me ha entusiasmado: insultos gruesos y mucho chapeado de estilo. No ha dado tiempo a su ira para que se enfríe. Una vez más, no se escribe con el corazón, sino con la cabeza, y por bien dotado que esté uno, siempre hace falta esa vieja concentración que da vigor al pensamiento y relieve a la palabra. ¡Cuánto mejor habría podido decirse! Pero aguardo a la totalidad para hablarte con más detenimiento de ello. Me parece que eres severa para con Gautier. No es un hombre que haya nacido tan poeta como Musset, pero quedará más de él, pues no son los poetas los que perduran, sino los escritores. No conozco nada de Musset que sea de un arte tan elevado como el San Cristóbal de Écija. Nadie ha escrito fragmentos tan hermosos como Musset, pero sólo fragmentos, ¡no una obra! Su inspiración es siempre demasiado personal, huele a terruño, a parisino, a caballero; tiene a la vez la trabilla del pantalón tensa, y va despechugado. Un poeta encantador, de acuerdo; pero grande, no. En este siglo no ha habido más que uno, es el tío Hugo. Gautier tiene un mundo poético muy restringido, pero lo explota admirablemente cuando se dedica. Lee La guarida de la serpiente, eso sí que es auténtico y atrozmente triste. En cuanto a su Don Juan, no me parece que proceda del de Namouna, pues en él es todo exterior (los anillos que caen de los dedos enflaquecidos, etc.) y en Musset todo moral. Me parece, en resumen, que Musset ha rasgueado cuerdas más nuevas (menos byronianas) y, en cuanto al verso, es más consistente. Las fantasías que nos encantan (a mí el primero) en Namouna, ¿son buenas en sí? Cuando haya pasado la época, ¿qué valor intrínseco les quedará a todas esas ideas que han parecido descabelladas y han halagado el gusto del momento? Para ser duradera, creo que la fantasía ha de ser monstruosa, como en Rabelais. Cuando no se hace el Partenón, hay que acumular pirámides. Pero ¡qué lástima que dos hombres semejantes hayan caído al punto en que están! Pero si han caído es que debían caer. Cuando el velo se rasga, es que su trama no es sólida. Por mucha admiración que sienta yo por ambos (Musset me entusiasmó tiempo ha, pues halagaba mis vicios de espíritu: lirismo, vagabundeo, desenfado de la idea y del giro), son en resumidas cuentas dos hombres de segunda fila, y que no asustan, si se toman por entero. Lo que distingue a los grandes genios es la generalización y la creación. En un solo tipo resumen personalidades dispersas y aportan a la conciencia del género humano personajes nuevos. ¿Acaso no se cree en la existencia de Don Quijote igual que en la de César? Shakespeare es algo formidable a este respecto. No era un hombre, sino un continente, en él había grandes hombres, multitudes enteras, paisajes. Ésos no necesitan hacer estilo; son fuertes a pesar de todas las faltas, y a causa de ellas. Pero nosotros, los pequeños, sólo valemos por la ejecución terminada. Hugo, en este siglo, aplastará a todo el mundo, aunque esté lleno de cosas malas; pero ¡qué aliento! ¡Qué aliento! Me atrevo aquí a lanzar una propuesta que no me atrevería a hacer en parte alguna: es que los hombres muy grandes con frecuencia escriben muy mal, y mejor para ellos. No es en ellos donde hay que buscar el arte de la forma, sino en los segundos (Horacio, La Bruyère). Hay que saberse a los maestros de memoria, idolatrarlos, tratar de pensar como ellos, y luego separarse de ellos para siempre. En cuanto a instrucción técnica, se saca más provecho de los genios eruditos y hábiles. Adiós, mi carta me ha fastidiado todo el rato; no debe de tener sentido común.


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