Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet No trabajo mal, es decir, que lo hago con bastante ánimo; pero es difícil expresar bien lo que jamás ha sentido uno: son necesarias largas preparaciones, y estrujarse endiabladamente el cerebro con el fin de no pasarse del límite, y de alcanzarlo al mismo tiempo. Encadenar los sentimientos me resulta dificilísimo, y todo depende de ahí en esta novela; pues sostengo que puede uno divertirse con ideas tanto como con hechos, pero para eso han de emanar una de otra como de cascada en cascada, y arrastrar así al lector en medio de la vibración de las frases y del hervir de las metáforas. Cuando volvamos a vernos habré dado un gran paso, estaré en pleno amor, en pleno tema, y la suerte del libro estará echada; pero ahora creo que estoy pasando por un desfiladero peligroso. Así, entre los altos de mi trabajo, tengo al final tu hermosa y buena imagen, como tiempos de descanso. Nuestro amor es una especie de registro que coloco de antemano entre las páginas, y sueño con haber llegado ya, de todas maneras.
¿Por qué tengo, a propósito de este libro, inquietudes como nunca las he tenido sobre otros? ¿Será porque no está en mi vía natural, y al contrario, es todo arte y artimañas? En todo caso, habrá sido para mí una gimnasia furiosa y larga. Un día, más tarde, cuando tenga un asunto mío y un esquema salido de mis entrañas, ¡ya verás!, ¡ya verás! […]