Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Hace doce horas aún estábamos juntos; ayer, a estas horas, te tenía en mis brazos… ¿Recuerdas?… ¡Qué lejos queda ya! Ahora la noche es cálida y suave; oigo cómo se estremece al viento el gran tulipero, bajo mi ventana, y cuando alzo la cabeza, veo cómo se mira la luna en el río. Ahí están, mientras te escribo, tus zapatillitas; las tengo ante los ojos, y las miro. Acabo de guardar, a solas y bien encerrado, todo cuanto me regalaste; tus dos cartas están en la bolsita bordada; las releeré cuando haya lacrado la mía. Para escribirte no he querido usar mi papel de cartas; está orlado de negro; ninguna tristeza debe ir de mí hacia ti. Quisiera hablarte solamente de dicha, y rodearte de una felicidad tranquila y continua, para pagarte un poco todo lo que me has dado a manos llenas, con la generosidad de tu amor. Temo ser frío, seco, egoísta, y Dios sabe bien, sin embargo, lo que sucede en este momento dentro de mí. ¡Qué recuerdo! ¡Y qué deseo! ¡Ah, nuestros dos estupendos paseos en calesa! ¡Qué hermosos, sobre todo el segundo, con sus relámpagos! Recuerdo el color de los árboles iluminados por los faroles, y el balanceo de los muelles; estábamos solos, y éramos felices. Yo contemplaba tu cabeza en la noche; la veía, a pesar de las tinieblas; tus ojos te iluminaban todo el rostro. Me parece que escribo mal; vas a leer esto con frialdad; no digo nada de lo que quiero decir. Y es que mis frases chocan como suspiros; para entenderlas, hay que colmar lo que separa una de otra; lo harás, ¿verdad? ¿Soñarás con cada letra, con cada signo de la escritura, como yo al mirar tus zapatillitas pardas? Pienso en los movimientos de tu pie cuando las llenaba y las calentaba. El pañuelo está dentro, veo tu sangre y quisiera que estuviera rojo de ella.


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