Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Estoy como espantado en este momento, y si te escribo es quizá para no quedarme solo conmigo mismo, como se enciende la lámpara de noche cuando se tiene miedo. No sé si vas a entenderme, pero es muy extraño. ¿Has leído un libro de Balzac que se titula Louis Lambert? Acabo de terminarlo hace cinco minutos; me fulmina. Es la historia de un hombre que enloquece a fuerza de pensar en las cosas intangibles. Se me ha agarrado con mil anzuelos. Ese Lambert, poco más o menos, es mi pobre Alfred. He encontrado frases nuestras (de la época), casi textuales: las charlas de dos compañeros de colegio son las que teníamos, o análogas. Hay una historia de un manuscrito robado por los amigos, y con comentarios del jefe de estudios que me ocurrió a mí, etc., etc. ¿Recuerdas que te hablé de una novela metafísica (en proyecto) en la que un hombre, a fuerza de pensar, llega a tener alucinaciones, al cabo de las cuales se le aparece el fantasma de su amigo, para sacar la conclusión (ideal, absoluta) de las premisas (mundanas, tangibles)? Pues bien, esa idea está indicada ahí, y toda esta novela de Louis Lambert es su prefacio. Al final, el héroe quiere castrarse, por una especie de manía mística. En medio de mis problemas en París, a los diecinueve años, tuve esa intención (te mostraré en la calle Vivienne una tienda ante la que me paré una tarde, invadido por esa idea con una intensidad imperiosa), cuando permanecí dos años enteros sin ver a una mujer. (El año pasado, cuando te hablaba de mi idea de entrar en un convento, era mi antigua levadura que subía de nuevo.) Llega un momento en que uno necesita hacerse sufrir, odiar la propia carne, arrojarle fango a la cara, tan repugnante nos parece. De no ser por el amor hacia la forma, quizá yo habría sido un gran místico. Añade a eso mis ataques de nervios, que no son sino declives involuntarios de ideas, de imágenes. El elemento psíquico salta entonces por encima de mí, y la consciencia desaparece con el sentimiento de la vida. Estoy seguro de que sé lo que es morir. A menudo he sentido claramente a mi alma escaparse, como se siente manar la sangre por la abertura de una sangría. Este demonio de libro me ha hecho soñar con Alfred toda la noche. A las nueve desperté y volví a dormirme. Entonces soñé con el castillo de La Roche-Guyon; se hallaba situado detrás de Croisset, y me sorprendía el notarlo por primera vez. Me han despertado al traerme tu carta. ¿Sería esta carta, viajando por la carretera en la caja del cartero, la que me enviaba de lejos la idea de La Roche-Guyon? Venías a mí en ella. ¿Es Louis Lambert quien ha llamado a Alfred esta noche (hace ocho meses soñé con leones, y en el momento en que los soñaba, un barco que llevaba un circo pasaba bajo mis ventanas)? ¡Qué cerca se siente uno a veces de la locura, yo sobre todo! Ya conoces mi influencia sobre los locos, y cómo me quieren. Te aseguro que ahora tengo miedo. Sin embargo, al sentarme a la mesa para escribirte, la vista del papel blanco me ha tranquilizado. Desde hace un mes, por lo demás, desde el día del desembarco, me encuentro en un estado singular de excitación o más bien de vibración. A la menor idea que va a ocurrírseme, experimento algo de ese efecto singular que se siente en las uñas al pasar cerca de un arpa. ¡Condenado libro! Me hace daño; ¡cómo lo noto!