Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet SÃ, querida Musa, tenÃa que escribirte una larga carta, pero he estado tan triste y fastidiado que no he tenido valor. ¿Será el ambiente, que me invade? Me siento cada vez más fúnebre. Mi puta y condenada novela me da sudores frÃos. En cinco meses, desde fines de agosto, ¿sabes cuánto he escrito? ¡Sesenta y cinco páginas! ¡Y de ellas, treinta y seis después de Mantes! Lo releà todo anteayer, y me asustó lo poco que es y el tiempo que me ha costado (no cuento el esfuerzo). Cada párrafo es bueno en sÃ, y hay páginas perfectas, estoy seguro. Pero precisamente debido a eso, no funciona. Es una serie de párrafos modelados, completos, y que no montan unos sobre otros. Va a ser preciso desatornillarlos, aflojar las juntas, como se hace con los mástiles de barco cuando se quiere que las velas tomen más viento. Me agoto en realizar un ideal que quizá es absurdo en sÃ. Mi tema a lo mejor no implica este estilo. ¿Dónde estáis, felices tiempos de San Antonio? ¡Entonces escribÃa con mi «yo» entero! Sin duda es culpa del espacio; ¡el fondo era tan endeble! Además, el punto medio de las obras largas siempre es atroz (mi libro tendrá de cuatrocientas cincuenta a cuatrocientas ochenta páginas, más o menos; voy por la página 204). Cuando regrese de ParÃs, pienso no escribir durante quince dÃas, y hacer el boceto de todo este final hasta el polvo, que será el lÃmite entre la primera parte y la segunda. Aún no estoy en el punto al que creÃa podrÃa llegar para la época de nuestro encuentro en Mantes. ¡FÃjate qué diversión! En fin, sea como Dios quiera. Dentro de ocho dÃas estaremos juntos; esa idea me dilata el pecho.