Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Tu carta de esta mañana es triste, y de un dolor resignado. Me ofreces olvidarte de mí, si así lo quiero. Eres sublime. Sabía que eras buena, excelente, pero no que eras tan grande. Te lo repito: me humillas, si te comparo conmigo. ¿Sabes que me dices cosas muy duras? Y lo peor es que soy yo quien las ha provocado. Me pagas con la misma moneda; es una represalia. ¿Qué quiero de ti? No lo sé. Pero lo que quiero es amarte, amarte mil veces más. ¡Ay, si pudieras leer en mi corazón, verías en qué lugar te he colocado! Veo que sufres más de lo que confiesas; te has estirado para escribir esa carta. ¿Verdad que antes has llorado mucho? Está rota; se siente en ella un cansancio triste, y algo como el eco debilitado de una voz que ha sollozado. Confiésalo: dime en seguida que estabas en un mal día, porque habías echado en falta mi carta. Sé franca; no te hagas la orgullosa; no hagas como he hecho yo con demasiada frecuencia. No contengas tus lágrimas; caen en el corazón, comprendes, y hacen en él profundos agujeros. Tengo un pensamiento que debo decirte: estoy seguro de que me crees egoísta. Te afliges por ello, y estás convencida. ¿Será porque lo parezco? En eso, ya sabes, todos nos engañamos. Yo lo soy como todo el mundo, quizá menos que muchos, acaso más que otros. ¿Quién sabe? Y además, ésa es otra palabra que arrojamos a la cara del prójimo sin saber lo que queremos decir. ¿Quién no es egoísta, de manera más o menos amplia? Desde el cretino que no daría un ochavo por rescatar al género humano, hasta quien se arroja bajo el hielo para salvar a un desconocido, ¿acaso no buscamos todos, hasta el último, la satisfacción de nuestra naturaleza según nuestros diversos instintos? San Vicente de Paúl obedecía a un apetito de caridad, como Calígula a un apetito de crueldad. Cada uno goza a su estilo y para sí solo; unos, reflejando la acción sobre sí mismos, convirtiéndose en su causa, centro y finalidad; otros, convidando al mundo entero al festín de su alma. Ahí está la diferencia entre pródigos y avaros. Los primeros disfrutan dando, los otros conservando. En cuanto al egoísmo corriente, tal como se entiende, aunque repugne desmesuradamente a mi espíritu, confieso que si pudiera comprarlo lo daría todo por tenerlo. Ser tonto, egoísta y tener buena salud, son las tres condiciones requeridas para ser feliz; pero si nos falta la primera, todo está perdido. Hay también otra , felicidad, sí, hay otra, la he visto, me la has hecho sentir; me has mostrado en el aire sus reflejos iluminados, he visto brillar ante mi mirada el borde de su vestido flotante. En cuanto tiendo las manos para agarrarlo… tú misma empiezas a sacudir la cabeza, dudando si no será una visión (¡qué estúpida manía tengo de hablar en metáforas que no dicen nada!). Pero quiero decir que me parece que tú también tienes tristeza en el corazón, de esa profunda que de nada procede y que, como depende de la sustancia misma de la vida, es tanto mayor cuanto que ésta es más agitada. Te lo había advertido, mi miseria es contagiosa. ¡Tengo sarna! ¡Ay de quien me toque! ¡Oh! lo que escribiste esta mañana es lamentable y doloroso. Me he imaginado tu pobre rostro triste pensando en mí, triste debido a mí. Ayer estaba tan bien, confiado, sereno, alegre como un sol de verano entre dos chaparrones. Ahí está tu mitón. Huele bien, me parece que aún aspiro tu espalda y el suave calor de tu brazo desnudo. ¡Vamos! Ya vuelven a invadirme ideas de voluptuosidad y de caricias, mi corazón brinca al pensar en ti. Deseo todo tu ser, evoco tu recuerdo para que sacie esa necesidad que grita en el fondo de mis entrañas; ¡ojalá estuvieras aquí! Pero el lunes, ¿verdad? Aguardo la carta de Fidias. Si me escribe, todo se desarrollará como convinimos.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker