Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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¿Sabes en qué pienso? En tu cuartito, donde trabajas, donde… (aquí ni una palabra, los tres puntos dicen más que toda la elocuencia del mundo). Evoco la palidez de tu rostro serio, cuando estabas en el suelo entre mis rodillas… ¡y la lámpara! Oh, no la rompas, déjala; enciéndela cada noche, o mejor, en ciertos días solemnes de tu vida interior, cuando inicies algún gran trabajo o lo termines. ¡Una idea! Tengo agua del Mississippi. Se la trajo a mi padre un capitán de barco, dándosela como un gran regalo. Cuando hayas hecho algo que consideres hermoso, quiero que te laves las manos con ella; si no, la derramaré sobre tu pecho para administrarte el bautismo de mi amor. Creo que divago, no sé lo que estaba diciendo antes de pensar en esta botella. ¿Era la lámpara, verdad? Sí, me gusta tu casa, los muebles, todo, salvo la horrorosa caricatura al óleo que está en tu dormitorio. Pienso también en esa venerable Catherine que nos servía durante la cena, en las bromas de Fidias, en todo, en mil detalles que me divierten. ¿Sabes en qué dos posturas te recuerdo siempre? En el taller, de pie, posando, con la luz iluminándote de costado, cuando yo te miraba y me mirabas también; y también por la noche, en el hotel, te veo tendida en mi cama, con el cabello esparcido sobre mi almohada y los ojos alzados al cielo, pálida, con las manos juntas, dedicándome palabras locas. Cuando estás vestida eres fresca como un ramo de flores. En mis brazos te encuentro de una suavidad cálida que ablanda y embriaga. ¿Y yo? Dime cómo me imaginas. ¿De qué manera viene a alzarse mi imagen ante tus ojos?… Qué pobre amante soy, ¿verdad? ¿Sabes que lo que me ha ocurrido contigo no me había pasado nunca? (Llevaba tres días tan roto, tenso como la cuerda de un violoncello.) Si hubiera sido un hombre capaz de estimarme mucho, me habría sentido amargamente incómodo. Lo estaba por ti. Temía por tu parte suposiciones odiosas para contigo misma; otras, quizá, habrían creído que las insultaba. Me habrían considerado frío, asqueado o agotado. Te agradecí esa inteligencia espontánea que no se asombraba de nada, cuando yo mismo me extrañaba, como ante una monstruosidad inaudita. Tenía, pues, que quererte, y mucho, puesto que experimentaba lo contrario que con todas las demás, cualesquiera que fuesen. Quieres hacer de mí un pagano, lo quieres, ¡ay, Musa mía!, tú que llevas sangre romana en las venas. Pero, por mucho que me excite en ello, con la imaginación y con el prejuicio, tengo en el fondo del alma la bruma del norte que respiré al nacer. Llevo en mí la melancolía de las razas bárbaras, con sus instintos de migración y sus ascos innatos ante la vida, que les hacían abandonar su país como spara abandonarse a sí mismos. Todos los bárbaros que vinieron a morir a Italia amaban el sol; tenían una aspiración frenética hacia la luz, hacia el cielo azul, hacia alguna otra existencia cálida y sonora; soñaban con días felices llenos de amores, jugosos para sus corazones como la uva madura que se estruja con las manos. Siempre les he tenido una tierna simpatía, como si fueran antepasados. ¿Acaso no encontraba en su ruidosa historia toda mi apacible historia desconocida? Los gritos de gozo de Alarico al entrar en Roma tuvieron como paralelo, catorce siglos más tarde, los delirios secretos de un pobre corazón infantil. ¡Ay, no, no soy un hombre antiguo! ¡Los hombres antiguos no tenían enfermedades nerviosas, como yo! Tampoco tú eres la griega, ni la latina; estás más allá: el romanticismo ha pasado por ahí. El cristianismo, aunque queramos negarlo, ha venido a engrandecer todo esto, pero estropeándolo, introduciendo el dolor. El corazón humano no se ensancha sino con una hoja que lo desgarre. A propósito del artículo del Constitutionnel, me dices con ironía que no me importan mucho el patriotismo, la generosidad y el valor. ¡No! Me gustan los vencidos; pero me gustan también los vencedores. Quizá sea difícil de entender, pero es lo cierto. En cuanto a la idea de la patria, es decir de cierta porción de terreno dibujada en el mapa y separada de las demás por una línea roja o azul, ¡no! La patria es para mí el país que quiero, es decir, con el que sueño, aquel en que me encuentro bien. Soy tan chino como francés, y no me alegro nada de nuestras victorias frente a los árabes, porque me entristecen sus reveses. Quiero a este pueblo áspero, persistente, vivo, último tipo de las sociedades primitivas y que, al hacer alto a mediodía, tumbado a la sombra, bajo el vientre de sus camellas, se burla, mientras fuma su chibuquí, de nuestra valiente civilización que tiembla de ira. ¿Dónde estoy? ¿A dónde voy?, como diría un poeta trágico de la escuela de Delille; ¡a Oriente, que el diablo me lleve! ¡Adiós, sultana mía!… ¡No tener ni una cazoleta de esmalte para regalarte, donde puedan arder perfumes cuando vas a venir a dormir a mi cama! ¡Qué fastidio! Pero te ofreceré todos los de mi corazón. Adiós, un beso largo, bien largo, y otro más.


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