Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Otro asunto. Tuvimos antes como criado a un pobre diablo que es ahora cochero de fiacre (se había casado con la hija de ese portero del que te hablé, que recibió el premio Montyon, mientras que su nujer había sido condenada a galeras por robo, y el ladrón era él, etc.); en suma, ese desdichado Luis tiene o cree tener la solitaria. Habla de ella como de una persona animada que le comunica y le expresa su voluntad, y, en boca suya, ella designa siempre a ese ser interior. A veces le vienen repentinos antojos y los atribuye a la solitaria: «Ella quiere eso», e inmediatamente Luis obedece. Hace poco, ella quiso comerse por valor de treinta sueldos de bollos; otra vez, ella necesita vino blanco y al día siguiente ella se indignaría si se lo diesen tinto (textual). Ese pobre hombre ha terminado por rebajarse, en su propia opinión, al nivel mismo de la solitaria; son iguales, y libran entre ellos un combate encarnizado. «Señora (decía él hace poco a mi cuñada), esa bribona no me puede ver; es un duelo, se da usted cuenta, se burla de mí; pero me vengaré. Uno de nosotros dos tendrá que quedarse en el sitio.» Pues bien, es él, el hombre, quien se quedará en el sitio, o más bien quien se lo cederá a la solitaria, pues para matarla y acabar con ella se tragó últimamente una botella de vitriolo, y en este momento, por consiguiente, está en las últimas. No sé si notas todo lo que hay de profundo en esta historia. ¿Te imaginas a este hombre acabando por creer en la existencia casi humana, consciente, de algo que quizá no es en él sino una idea, y convertido en el esclavo de su solitaria? A mí me parece vertiginoso. ¡Qué extraños son los cerebros humanos!


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