Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Es como en la frase de H[ugo] (en su carta): «El sol me sonrÃe y sonrÃo al sol». La poesÃa me hace pensar en ti y tú en la poesÃa. He pasado buena parte del dÃa soñando contigo y con tu Campesina. La certidumbre de haber contribuido a hacer muy bueno lo que lo era a medias me ha alegrado. He pensado mucho en lo que harÃas. Escucha bien esto y medÃtalo: tienes en ti dos cuerdas, un sentimiento dramático, no de golpes teatrales, sino de efecto, lo que es superior, y un entendimiento instintivo del color, del relieve (y eso no se regala). Esas dos cualidades se han visto trabadas, y aún lo son, por dos defectos, de los que uno te ha sido dado y el otro depende de tu sexo. El primero es el filosofismo, la máxima, la humorada polÃtica, social, democrática, etc., toda esa rebaba que viene de Voltaire y de la que el propio tÃo Hugo no está exento. La segunda debilidad es la vaguedad, la tiernomanÃa femenina. Cuando se ha llegado a tu altura, la ropa blanca no debe oler a leche. Corta, pues, la verruga montañesa y mete, aprieta, comprime los pechos de tu corazón, para que se vean músculos y no una glándula. Todas tus obras hasta ahora, a la manera de Melusina (mujer por arriba y serpiente por abajo), no eran hermosas más que hasta cierto lugar, y el resto se arrastraba en repliegues blandos. ¡Qué buena cosa es, pobre Musa, decirse asà todo lo que pensamos! SÃ, qué bueno es tenerte, pues eres la única mujer a la que un hombre pueda escribir semejantes cosas. Al fin empiezo a ver algo claro en mi condenado diálogo del cura. Pero, la verdad, hay momentos en que casi tengo ganas de vomitar fÃsicamente, tan bajo está el fondo. Quiero expresar la situación siguiente: mi mujercilla, en un acceso de religiosidad, va a la iglesia; en la puerta se encuentra con el cura, que en un diálogo (sin tema determinado) se muestra tan bobo, chato, inepto y sucio, que vuelve asqueada y sin devoción. Y mi cura es muy buena persona, incluso excelente, pero no piensa más que en lo fÃsico (en los sufrimientos de los pobres, la falta de pan o de leña) y no adivina las debilidades morales, las vagas aspiraciones mÃsticas; es muy casto y cumple todos sus deberes. Ha de tener seis o siete páginas como mucho, sin un comentario o un análisis (todo en diálogo directo). Además, como me parece muy chabacano escribir diálogos sustituyendo los «dijo, contestó» por guiones, tú consideras que las repeticiones de los mismos giros no son cómodas de evitar. Ya estás iniciada en el suplicio que sufro desde hace quince dÃas. Al final de la semana próxima, no obstante, espero que me habré librado completamente de eso. Me quedarán luego unas diez páginas (dos grandes movimientos) y habré terminado el primer conjunto de mi segunda parte. El adulterio está maduro; van a entregarse a él, y yo también entonces, espero. […]