Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Solamente con suponer que se haya nacido con una vocación mediocre (y si con eso se admite algo de juicio), ¿cómo no pensar que debe llegarse al fin, a fuerza de estudio, de tiempo, de rabia, de sacrificios de toda especie, a hacer algo bueno? ¡Vamos ya! ¡SerÃa demasiado estúpido! La literatura (tal como la entendemos) serÃa entonces una ocupación de idiotas. Tanto darÃa acariciar un leño y empollar guijarros. Pues cuando trabajamos sobre nuestras ideas —sobre las mÃas, al menos— no tenemos nada para sostenernos, sÃ, nada, es decir, ninguna esperanza de dinero, ninguna esperanza de celebridad, ni siquiera de inmortalidad (aunque haya que creer en ella para alcanzarla, ya sé). Pero esos resplandores te vuelven luego más sombrÃo y me abstengo de ellos. No, lo que me sostiene es la convicción de que estoy en lo cierto, y si estoy en lo cierto, estoy en el bien, cumplo un deber, ejerzo la justicia. ¿Acaso he escogido? ¿Es culpa mÃa? ¿Quién me empuja? ¿Acaso no he sido castigado cruelmente por haber luchado contra este arrebato? Hay que escribir, pues, como se siente, estar seguro de que se siente bien, y ciscarse en todo lo demás sobre la tierra.
Vamos, Musa, espera, espera. No has hecho tu obra. ¿Sabes que me gusta mucho ese nombre de Musa, en el que confundo dos ideas?