Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me ha conmovido el regalo de tu medalla. Mi primer impulso fue rechazarla; me parecía que era cogerte demasiado, que no lo merecía. Pero, al comprender la necesidad que tenías de darme algo que fuera querido para ti, y al sentir toda la pena que te causaría, acepté. Ahora me alegro. La miro con orgullo, como si fueses mi hija. Sin embargo, no te quiero debido a tu inteligencia; es por no sé qué, por tus ojos, por tu voz, por todo, por ti.
¿Has pensado en los que irán ahora a dormir a nuestra cama? ¡Qué poco sospecharán lo que han visto! ¡Sería bonito escribir la historia de una cama! Así, en cada objeto vulgar hay maravillosas historias. Cada adoquín de la calle tiene quizá su lado sublime. […] ¡Qué bien cenamos juntos anteayer! (¡Qué lejos queda ya anteayer!) ¡Por la noche, cuando te ofrecía mi brazo, en qué tranquilidad y olvido me hallaba! Y al volver, al quedarnos solos, cuando sentí tus miembros suaves sobre los míos… ¡Ah! No vuelvas a acusarme de ver siempre sólo las miserias de la vida… ¿Por qué hay que pagar una hora de embriaguez con un mes de hastío? Cuenta las lágrimas que ya has derramado; exceden el número de mis besos, ¿verdad? Y sin embargo, ¿no hemos sido felices?