Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Reconoce que es algo fuerte lo de las mesas giratorias. ¡Oh, luz! ¡Oh, progreso! ¡Oh, humanidad! ¡Y se burlan de la Edad Media, de la Antigüedad, del vicario Paris, de Marie Alacoque y de la Pitonisa! ¡Qué eterno reloj de estupideces es el curso de los siglos! Los salvajes que creen disipar los eclipses de sol golpeando calderos no son peores que los parisinos que piensan que harán girar mesas apoyando el meñique en el meñique de su vecino. Es cosa curiosa cómo la humanidad, a medida que se hace autólatra, se vuelve estúpida. Las inepcias que excitan ahora su entusiasmo compensan en cantidad las pocas inepcias, pero más serias, ante las que se prosternaba tiempo ha. ¡Oh, socialistas! Ahí está vuestra úlcera: os falta el ideal, y esa misma materia que perseguís se os escapa de las manos como si fuese agua. La adoración de la humanidad por sí misma (lo que conduce a la doctrina de lo útil en el Arte, a las teorías de salvación pública y de razón de Estado, a todas las injusticias y a todas las constricciones, a la inmolación del derecho, a la nivelación de lo Bello), este culto del vientre, digo, engendra viento (perdón por el calambur), y no hay especie de tontería que no haga y que no entusiasme a esta época tan prudente. «Ah, yo no me dedico a lo vacío», dice. «¡Pobres, los que creyeron en la apoteosis o en el paraíso! Ahora se es más positivo, se, etc.» Y, sin embargo, ¡que longitud de zanahoria se traga este buen burgués de la época! ¡Qué memo! ¡Qué tonto! Pues la chabacanería no impide el cretinismo. Por mi parte, he asistido ya al cólera que devoraba las piernas de carnero que se enviaban a las nubes montadas en cometas, a la serpiente de mar, a Gaspar Hauser, a la col colosal, orgullo de China, a los caracoles simpáticos, a la sublime divisa «libertad, igualdad, fraternidad» grabada en el frontón de los hospitales, de las cárceles y de los ayuntamientos, al miedo a los Rojos, ¡al gran partido del orden! Ahora tenemos «el principio de autoridad que hay que restablecer». Se me olvidaban los «trabajadores», el jabón Ponce, las navajas de afeitar Foubert, la jirafa, etc. Pongamos en el mismo saco a todos los literatos que no han escrito nada (y que tienen reputaciones sólidas, serias) y que son tanto más admirados por el público, es decir, la mitad al menos de la escuela doctrinaria, a saber, los hombres que han gobernado realmente Francia durante veinte años.