Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Declaro que esta teoría me sofoca. Hay cosas que me hacen juzgar a los hombres a primera vista: primero, la admiración por Béranger; segundo, el odio a los perfumes; tercero, el amor por las telas gruesas; cuarto, la barba recortada en collar; quinto, la antipatía hacia el burdel. ¡Cuántos he conocido, de esos buenos jóvenes, que alimentaban un santo horror por las casas públicas, y que te agarraban, con sus así llamadas «queridas», las sífilis más hermosas del mundo! El Barrio Latino está lleno de esta doctrina y de estos accidentes. Quizá sea una afición perversa, pero me gusta la prostitución por ella misma, independientemente de lo que hay debajo. Nunca he podido ver pasar, bajo los faroles de gas, a una de esas mujeres escotadas, bajo la lluvia, sin un galope del corazón; igual que los hábitos de los monjes, con su cordón de nudos, me cosquillean el alma en no sé qué rincones ascéticos y profundos. En esta idea de la prostitución existe un punto de intersección tan complejo, lujuria, amargura, vaciedad de las relaciones humanas, frenesí del músculo y tintineo del oro, que si miras al fondo te viene el vértigo, ¡y se aprenden ahí tantas cosas! ¡Y se siente uno tan triste! ¡Y se sueña tan bien con el amor! Ah, fabricantes de elegías, no es sobre ruinas donde tenéis que apoyar vuestro codo, sino sobre el pecho de estas mujeres alegres.