Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Sí, algo le falta al que nunca se ha despertado en un lecho sin nombre, al que no ha visto dormir sobre su almohada una cabeza que no volverá a ver y que, al salir de ahí al amanecer, no ha cruzado los puentes con ganas de arrojarse al agua, hasta tal punto le subía la vida, en eructos, desde el fondo del corazón hacia la cabeza. ¡Y aunque no fuera más que el vestido impúdico, la tentación de la quimera, lo desconocido, el carácter maldito, la vieja poesía de la corrupción y de la venalidad! En los primeros años en que estaba yo en París, en verano, en los atardeceres muy calurosos, iba a sentarme delante de Tortoni, y mientras veía ponerse el sol, miraba pasar a las putas. Allí me devoraba de poesía bíblica. Pensaba en Isaías, en la «fornicación de los altos lugares», y subía la calle de La Harpe repitiéndome este final de versículo: «Y su garganta es más suave que el aceite». ¡Que me lleve el diablo si alguna vez he sido más casto! No hago más que un reproche a la prostitución, es que es un mito. La mujer mantenida ha invadido el desenfreno, como el periodista la poesía; nos ahogamos en las medias tintas. La cortesana no existe, nó más que el santo; hay gorronas y furcias, lo que es aún más fétido que la modistilla.