Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Me sucede en casa algo triste, y que me apena: el tío Parain está cayendo en la infancia, y a veces desvaría completamente. Este buen hombre, cuyo encanto estaba hecho de un ánimo un poco loco y juvenil, es ahora un anciano. Su buena índole se trasluce; al hablar de nosotros, sobre todo de mí, llora, y en sus machaconerías vuelven sin cesar nuestra fortuna, mis éxitos futuros, la manera de que yo salga adelante, y mi elogio. Me desconsuela. Cree que voy a publicar dentro de seis semanas, y seis libros de un solo golpe, etc.

No tenemos suerte, mi madre y yo. A la gente que nos rodea acaba por darle vueltas la cabeza. Sea por eso o por otra cosa, de todos modos, ahí van dos (Hamard y él) que palman; sin contar a Du Camp, que tampoco volvió muy sano de su viaje conmigo. ¿Qué tengo, entonces? Siento en mí grandes torbellinos, pero los comprimo. ¿Acaso trasuda algo de todo lo que uno no dice? ¿Estoy yo mismo algo loco? Así lo creo. Las afecciones nerviosas, además, son contagiosas, y quizá he necesitado una constitución de alma robusta para resistir a la carga que redoblaban mis nervios sobre la piel de asno de mi entendimiento.

Para mí, tengo un exutorio (como dicen en medicina). Ahí está el papel, y me alivio. Pero la humedad de mis humores puede filtrarse al exterior y hacer daño, a la larga. Tiene que haber algo de cierto en eso.


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