Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet […] No hago nada, ya no leo ni escribo, de no ser a ti. ¿Dónde está mi pobre y sencilla vida de trabajo, la de antaño? Digo antaño porque ya queda lejos. No la añoro porque no añoro nada. Como tú dices, eso forma parte de mi sistema. Si ha ocurrido es porque así debía ser. Además, saboreo tanta dulzura al pensar en ti, ¡doy vueltas a tu recuerdo en mi corazón con un encanto tan profundo! Veinte veces al día te pongo ante mis ojos con los vestidos tuyos que conozco, con los gestos de cabeza que he visto en ti. Te desnudo y te visto alternativamente. Veo tu cabeza a mi lado, sobre la almohada. Tu boca se adelanta, tus brazos me rodean. En el sublime egoísmo de tu amor, disfrutas con la hipótesis de un niño que podría nacer. Lo deseas, confiésalo, lo anhelas como un lazo más que nos uniría, como un contrato fatal que soldaría nuestros dos destinos. Ha de tratarse de ti, querida, amiga demasiado tierna, para que no te reproche un deseo tan espantoso para mi felicidad. Yo, que me había jurado no atar existencia alguna a la mía, ¡dar nacimiento a otro! Si ocurre no me quejaré. ¿Quién sabe incluso si, en la estúpida inconsecuencia de nuestro corazón, el hombre no experimentaría un espasmo de dicha divina? ¡Yo querría a ese hijo nuestro! Si tú murieses lo educaría, y mi triste ternura se volvería hacia él. ¡Pero sólo la idea me da frío en la espalda! Y si, para impedirle venir al mundo, tuviera yo que salir de él, ahí está el Sena, me arrojaría a él de inmediato con un obús del dieciséis atado a los pies.