Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Ayer pasé una hora larga mirando a las señoras bañarse. ¡Qué cuadro! ¡Qué cuadro repulsivo! Antes aquí la gente se bañaba sin distinción de sexos. Pero ahora hay separaciones, postes, redes para impedir, un inspector de librea (¡qué cosa tan atroz y lúgubre es lo grotesco!). Así que ayer, desde la plaza donde me hallaba, de pie, con las gafas en la nariz, a pleno sol, estuve mirando a las bañistas largo tiempo. El género humano ha tenido que volverse completamente imbécil para perder hasta ese punto toda noción de elegancia. ¡Nada es más lamentable que esos sacos en que las mujeres embuten sus cueros, que esos gorros de hule! ¡Qué caras! ¡Qué andares! ¡Y los pies! Rojos, flacos, con juanetes, durezas, deformados por los botines, largos como lanzaderas o anchos como paletas. Y en medio de todo ello, mocosos con humores fríos, llorando, gritando. Más lejos, abuelitas haciendo punto y señooores con gafas de oro, leyendo el diario y, de vez en cuando, entre dos líneas, saboreando la inmensidad con aire de aprobación. Me dieron ganas, durante toda la tarde, de escaparme de Europa e irme a vivir a las islas Sandwich o a las selvas de Brasil. Allá, al menos, las playas no están manchadas por pies tan mal hechos, por individualidades tan fétidas.